Es curioso que la joven Frida Kahlo nunca se planteara dedicarse a la pintura. Pero la vida, o las circunstancias que le tocaron vivir, así lo decidieron.
La salud nunca estuvo de su lado. De pequeña, tuvo una enfermedad que le hizo pasar meses en la cama. A los 18 años, sufrió un trágico accidente que la dejó con fuertes dolores para siempre. Una barra de acero fracturó su columna vertebral, su pelvis, su pierna derecha y otras partes de su cuerpo. Largos períodos de convalecencia hicieron que Frida empezará a pintar «para combatir el aburrimiento y el dolor«.
Cuando Frida empieza a asistir a la Escuela Nacional, coincide con el que sería el gran amor de su vida. Diego Rivera. Él era ya un muralista famoso en México. Frida admiraba su obra y un día, se acercó a él para mostrarle sus pinturas. Diego le dijo que tenía talento y la animó a seguir pintando. Se casaron al poco tiempo. Frida tenía 22 años (¡Diego era 21 años mayor que ella!).
Frida solía llevar vestidos típicos de la región Tehuana (México) para complacer a Diego y para disimular su deformidad física en la pierna. En una de sus obras, vemos esta indumentaria tan habitual en ella: «Frida y Diego» (1931).

Otra de sus pinturas en la que el vestido también juega un papel importante es «Las dos Fridas» (1939). Este doble autorretrato lo pintó tras su divorcio con Diego (pasaron por varias separaciones). La Frida que lleva el vestido de Tehuana simboliza la Frida que Diego amó. La otra Frida, vestida con un estilo más europeo, es la Frida que fue traicionada por las infidelidades de Diego. No hace falta más palabras.

Todas las obras de Frida capturaron sus emociones más profundas relacionadas con la turbulenta relación con Diego, el accidente que sufrió y la posterior condición física que le tocó llevar con ella. Otro tema recurrente fue su infertilidad (tuvo varios embarazos, pero todos los perdía).
Frida llegó a pasar por 30 operaciones a lo largo de su vida. En su obra «La columna rota» (1944) nos muestra todo el dolor que recorría su cuerpo. Buscó numerosos tratamientos para su dolor crónico, pero ninguno funcionó.

Los colores le dieron significado al dolor de su vida. Muchos artistas la catalogaron como surrealista, pero ella siempre señaló lo siguiente: «Dijeron que yo era una surrealista, pero no lo era. Nunca pinté sueños…pinté mi propia realidad«.
Es indudable que el sufrimiento de su cuerpo y su mente están presentes en cada una de sus pinturas. Pero más que el dolor, destaca su lucha a la hora de sobreponerse a todos los golpes que la vida le dio. Nos quedamos con su coraje, su valentía y como no, con la influencia de su México Lindo en sus obras.