«El guardián entre el centeno» (The Catcher in the Rye, 1951), escrito por J. D. Salinger, fue y es un libro polémico donde los haya. Fue duramente criticado por el tipo de lenguaje que utilizó el autor. Además, existen varias teorías en relación a las declaraciones que hicieron los asesinos de algunos famosos acerca del libro (por ejemplo, el de John Lennon).
Dejando de lado los aspectos más controvertidos, nos quedamos con Holden Caufield, su protagonista principal. Un adolescente de 17 años que asiste a un colegio de prestigio y con cierta rigidez en su estilo educativo. Debido a sus malas notas, es expulsado durante unos días y regresa a casa de sus padres. En el trascurso de esos días, decide deambular solo por distintos lugares de New York y va descubriendo a sí mismo.
En pocos días, Holden nos narra cómo piensa y siente un adolescente. Una etapa vital que puede llegar a ser solitaria, difícil y llena de contradicciones. El reto: dejar atrás la infancia para enfrentarse a la edad adulta.
El caso de Holden es el de un adolescente bien complejo. Está en contra de los adultos: los critica y manifiesta cierto odio hacia ellos. Se aísla y se siente incomprendido (¿O es él quien no comprende nada?). Las crisis de identidad típicas de esta etapa aparecen en nuestro personaje. Se cuestiona a sí mismo e intenta definirse al tomar decisiones. Hace referencias a la sexualidad, al alcohol y a otras drogas: está descubriendo un mundo nuevo.

Holden siente un dolor inmenso al haber perdido a su hermano pequeño. El tema de la muerte aparece, también, en otros momentos: el suicidio de un compañero del colegio e incluso, en el simbolismo de los patos de Central Park. A Holden le obsesiona el asunto: ¿A dónde van esos patos en invierno?
La nostalgia de su infancia nos la muestra en distintos momentos y con distintas palabras. Parece que lo único que todavía le da esperanza a Holden tiene que ver con esa etapa de la vida. Nos dice:
“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilando. Únicamente yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan. En cuanto empiezan a correr sin mirar a donde van, yo salgo de donde estoy y los cojo. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único de verdad que me gustaría hacer. Sé que es una locura”.
Toda una declaración de intenciones. ¿Querría recuperar su niñez, o intentar que estos niños no se hagan mayores y su infancia perdure?
La narración de Holden no pasa de moda. Sigue representando de forma magnífica la aventura de ser un adolescente. Un retrato de las ansiedades más frecuentes en esta etapa vital que (de algún modo) nos permite retroceder en el tiempo y revivir aquellos años.