Despedimos el año con la figura de Edvard Munch y la psicología que se respira en cada una de sus obras. El pintor noruego y su conocido «grito» nos llenan, pincelada tras pincelada, de sufrimiento, angustia y dolor.

Algunos de los sucesos vitales que marcaron su obra (y su vida) fueron la temprana pérdida de su madre y su hermana Sophie por tuberculosis. Su padre era un hombre con una personalidad muy fuerte y obsesiva. Él también acabó falleciendo unos años más tarde. Todo este panorama familiar ya marcaría muchos aspectos de la vida de Munch. La pintura «La madre muerta y la niña» (1899) nos dibuja la pena que debió suponer para el pequeño Edvard.

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Se dice que Munch padecía  un trastorno bipolar. Tuvo varios ingresos psiquiátricos durante su vida y se ha hablado de que sufría alucinaciones, de una personalidad límite y de un posible alcoholismo. En su obra «Ansiedad» (1894) nos muestra cómo varias personas caminaban hacia su propia muerte, con un cielo teñido de rojo y alejándose de la ciudad y de la multitud.

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Tuviera un diagnóstico u otro (según las clasificaciones psiquiátricas de hoy en día), estamos de acuerdo en que el artista expresionista sufría, ¡Y mucho! Se dice de él que era una persona inestable, impulsiva y con episodios de ira.

Sobre su conocida obra «El grito» (1981), dijo lo siguiente: «Estaba caminando con dos amigos. El sol se puso, el cielo bruscamente se tornó de color sangre y sentí algo como una sensación de tristeza. Permanecí quieto, apoyado en una barandilla… Al fondo, el fiordo azul oscuro y la ciudad. Colgaban nubes rojas como sangre. Mis amigos se fueron. Y yo me detuve, asustado con una herida abierta en el pecho. Un gran grito atravesó la naturaleza».  No hay duda que nos está describiendo algún tipo de crisis: ¿de ansiedad? ¿maníaca? Angustia existencial en su máxima potencia.

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En escritos de Munch, llama (mucho) la atención su grado de conciencia respecto a toda la angustia que padecía. No todo el mundo es capaz de expresarlo con tanta lucidez. En sus últimos años de vida, manifestó que no quería morir sin conocer la experiencia de la muerte. En su pintura «Autorretrato entre el reloj y la cama» (1940), se sitúa a él mismo esperando a la muerte.

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«Mis problemas son parte de mí y por lo tanto, de mi arte. Ellos son indistinguibles de mí y su tratamiento, destruiría mi arte. Quiero mantener esos sufrimientos.«

El caso de Edvard Munch nos deja uno de los ejemplos más brillantes de la relación entre los problemas psicológicos y  el arte (y viceversa). Da la sensación que sus pinturas fueron sus sesiones de terapia y cada trazo, un paso más para conocerse mejor. Llegó a entrar en su propia alma y en la de todos. ¡Todo un genio!