Janis Joplin, el alma del blues. Su voz arrolladora dejaba a su público sin palabras. Se reencontraba con su fragilidad y sus temores al bajar del escenario. Una triunfadora a nivel artístico que no tuvo la misma suerte en su vida personal.

Janis Joplin nació en Texas (USA). Los primeros años de su vida estuvieron envueltos del aire discriminatorio de la época debido a la segregación racial. Ella no sufrió ninguna exclusión por el color de su piel, pero sí en el entono escolar. Sin duda alguna, hoy lo llamaríamos bullying. 

La artista siempre tuvo la rebeldía a flor de piel. No pudo (o no quiso) encajar en la sociedad que le tocó vivir. En el colegio destacó por su afición a la lectura, a la pintura y a la música. Debido a su peso y a un acné muy acentuado, durante la adolescencia Janis pasó a ser el blanco de las burlas de sus compañeros de clase. A nivel familiar, siempre estuvo buscando una atención y un afecto que no recibió como ella necesitaba. Toda una colección de decepciones que fueron marcando su camino y su vida.

En sus años universitarios, por suerte, conoció a compañeros con quien compartir aficiones. Así se fue introduciendo en el mundo de la música. Lo hizo de la mano del blues, el jazz y el folk. Consiguiendo su propio estilo personal.

Gracias a la música, se trasladó a San Francisco en la década de los 60. Encontró su lugar en el mundo para dar rienda suelta a su espíritu libre. Al mismo tiempo, entró en el peligroso mundo de las drogas. Se unió a Big Brother & The Holding Company y junto a ellos se inició en la música psicodélica de la época. Las puertas del éxito se abrieron de par en par.

Janis se convirtió en la reina del escenario. A pesar de ello, la artista seguía sintiéndose sola y luchando contra sus temores internos. No tenía buenos amigos. Con los miembros de la banda siempre hubo recelos y envidias al ser ella el foco de atención del grupo.

Su dolor emocional era más fuerte que todos los éxitos que conseguía. Se fue sumiendo en un consumo grave de drogas, alcoholismo y relaciones que siempre fallaban. Janis se hundía en estados depresivos de forma habitual e incluso, se ha dicho que padeció un trastorno bipolar. Ya fuera un diagnóstico u otro, la artista sufría. Eso era evidente.

Sus temas nos hablaban de la búsqueda del amor, de la melancolía y de las decepciones que le tocaron vivir. La intensidad y la crudeza de sus interpretaciones encima del escenario hacían patente su dolor. Sus heridas abiertas.

Janis no supo manejar la fama ni sus emociones más profundas. Finalmente, acabó falleciendo en una habitación de un hotel de Hollywood a causa de una sobredosis. Una más del Club de los 27.

 Janis consiguió su deseo tras morir. Se convirtió en la persona querida y admirada que siempre quiso ser. Tan fácil y tan difícil como eso. Tristemente, ese reconocimiento llegaba tarde.