Richard Billingham es un fotógrafo de origen inglés que nació en 1970 y creció en un barrio obrero a las afueras de Birmingham (West Midlands). Su trabajo artístico no deja impasible al público, tan crudo como sentimental. Basado en su familia y rompiendo los límites de la propia intimidad.

Antes de dedicarse a la fotografía, fue rechazado en 16 escuelas de arte del Reino Unido. Cuando, finalmente, fue aceptado en la Universidad de Sunderland, empezó a trabajar con cámaras muy baratas y de tipo desechable. Los revelados eran los más económicos que podía permitirse. Su enfoque defectuoso da todavía mayor dureza a los momentos familiares.

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Después de varios años, ha logrado reconocimiento por su trabajo. En 1995 obtuvo el Felix H. Man Memorial Prize. Al cabo de dos años, el Citibank Private Bank Photography Prize y en el 2001, quedó finalista en el Turner Prize del Artist’s Work Programme en el INMA, Dublín. Vemos como el artista ha ido haciéndose un hueco.

Su obra más conocida «Ray’s a Laugh» (2000) convierte a sus padres en los protagonistas. Su hogar: un ambiente cargado de adornos y gatos en cada esquina. Una familia de clase obrera que ha sobrevivido gracias a los subsidios del Estado.

Su padre Raymond. Alcohólico crónico. Lo único que hace es beber y dormir. No le gusta salir a la calle. Se quedó sin trabajo en una época muy dura para el Reino Unido (sufrían un índice altísimo de paro en los años 70). A partir de ahí, su alcoholismo va acentuándose. Se queda sin dinero, tiene que vender la casa en la que vivía toda la familia y se trasladan a un bloque de viviendas sociales.

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Su madre Elizabeth. Ella no bebe, pero fuma de forma compulsiva. Sufre obesidad. Le interesan los gatos y los puzzles. Abandonó a su familia durante dos años mientras el hermano de Richard, Jason, fue acogido por los servicios sociales.

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Ante su situación familiar, Richard utilizó el arte para sobrevivir. Para encontrarse con sus emociones en tal panorama caótico. Sus inicios fueron con el dibujo y la pintura. Ya utilizaba a sus familiares como modelos a falta de otras personas, pero le costaba que estuvieran quietos suficiente tiempo y fue por ese motivo que cambió a la fotografía.

El artista ha explicado: “Mi intención no es la de causar ningún tipo de impacto, de ofender, ni ser sensacionalista o dejar un mensaje político o de lo que sea, solo quiero hacer un trabajo con el máximo contenido espiritual del que soy capaz”, afirma.

No hay duda alguna que el trabajo de Richard no consigue su intención y nos causa un impacto. Nos lleva a plantear si realmente empatizamos con su situación familiar, o más bien, nos cuesta entender que sea capaz de mostrar la cara más oscura de sus padres. Tal vez, el resultado es una mezcla de ambas a la vez.

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¿Qué debe mostrarse y que no? La espontaneidad de sus fotografías consigue llegar mucho más lejos que otros trabajos claramente intencionados. Las vivencias reales más duras no tienen tiempo ni motivación para posar delante del artista. Sus instantáneas van al ritmo de la vida.