Como estudiante de Psicología, llega un día en el que te hablan de Oliver Sacks. Ese fue mi caso. Tras leer su clásico libro «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero«, quedas conmovido por su humanidad a la hora de tratar cada caso clínico. Es capaz de esclarecer misterios de la mente, entrelazando ciencia e historias personales de sus pacientes. Página tras página.

En el documental Oliver Sacks: His own life (2019) de Ric Burns, tienes la oportunidad de conocer a la persona detrás del médico. Del escritor. O de ambos. Científico, neurólogo, escritor, divulgador, narrador. Una vida llena de obstáculos sobrellevada gracias a su inmensa curiosidad por descubrir. Por comprender.

Nació en Inglaterra (1933) en el seno de una familia judía de médicos exitosos. Su interés por el universo y la ciencia se manifestó pronto. En su adolescencia, uno de sus tres hermanos (Michael) fue diagnosticado de esquizofrenia. Este hecho despertó en él infinitas preguntas sobre la enfermedad. Antes de irse a estudiar a California, confesó que era homosexual a sus padres. Su madre le respondió: «Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido«. Siempre tuvo una relación muy cercana con ella, pero este acontecimiento marcaría el inicio de una relación ambivalente. De admiración y temor. Nunca más hablaron del tema.

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Oliver aterrizó en los EEUU e inició una nueva vida. Necesitaba encontrar su lugar. Buscando y buscando, se tropezó con el mundo de las drogas en el camino. Su pasión por el culturismo y las motos le ayudó a soportar sus miedos de la época. Dice que su timidez siempre le jugó en contra. En el hospital Bet Abraham, nació su amor por el campo de la neurología. Conoció a un grupo de pacientes neurológicos olvidados durante décadas. Un nuevo medicamento le permitió experimentar y conocer qué reacciones generaba en ellos. Los avances fueron sorprendentes, pero el mundo científico le dio la espalda.

A mediados de los 70, empezó un proceso de terapia psicológica. Entre tantos síndromes y patologías, resulta curioso que él mismo sufrió prosopagnosia y migraña (además de sus males emocionales). Tras años de experiencia clínica y de etiquetas diagnósticas, entendió que todos nos parecemos: estamos llenos de anhelos y miedos. Por tanto, siempre trató a sus pacientes con el máximo cuidado y respeto. Entendió que todos ellos merecían vivir una vida lo más digna posible. Humanizó la ciencia con empatía y compasión.

Su trabajo e investigación tardó décadas en ser aceptado por la comunidad científica internacional, pero acabo consiguiéndolo. Fue un gran divulgador de sus descubrimientos sobre la mente humana. Sus explicaciones eran comprensibles para todo tipo de públicos. Siempre tuvo el cariño de los lectores que conectamos con las historias de tantos pacientes a través de sus palabras. En lo sentimental, conoció el amor pasados ya los 75 años. Un regalo del destino, tras años de celibato y de una vida solitaria.

El documental nos ofrece un recorrido a lo largo de su vida mientras Oliver se despide. Él mismo participa en la crónica al igual que en sus libro de memorias «En Movimiento» (Anagrama, 2015). Un cáncer terminal estaba a punto de ganarle la partida. Con gratitud y una formidable serenidad, nos deja estas palabras: «…he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta y esto, en sí mismo, ha sido un enorme privilegio y una aventura«.